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La épica gesta con la que los cañones del renqueante Imperio español humillaron a la «Royal Navy»

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Para comprender los sucesos acaecidos en la primera batalla de Algeciras es necesario retroceder en el tiempo hasta 1801, año en que Napoleón Bonaparte , ansioso como estaba de desbaratar a la pérfida Albión , firmó un tratado con España mediante el que ambos territorios formarían una armada con la que reducir el poderío naval inglés en el Mediterráneo. Mediante este acuerdo, los galos pretendían a su vez reforzar lo poco que quedaba de su escuálida flota y acudir en rescate de los soldados franceses que seguían combatiendo desesperadamente en Egipto.

Unidos Una vez suscrito el tratado, las armadas de ambos países determinaron que se reunirían en aguas españolas para plantar cara de una vez por todas al inglés. «En las cláusulas adicionales al tratado se dictaron las disposiciones militares, de tal forma que dos contingentes navales galos, al mando de los contralmirantes Linois y Dumanoir, saldrían de los puertos de Tolón y Cherburgo para unirse en Cádiz a la escuadra del Almirante Moreno» determina el Coronel Jefe del Regimiento de Artillería de Costa nº 5 Rafael Vidal Delgado en su obra « El fuerte de Santiago y la batalla de Algeciras ».

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En virtud de estos términos, y a principios del verano de 1801, el conde de Linois dirigió una parte de las fuerzas galas hacia aguas españolas para reunirse con la armada hispana. Bajo sus órdenes, el franco tenía dos navíos de 80 cañones (el « Indomptable » y « Formidable »), otro de 74 (el « Desaix ») y la fragata « Muiron ». En principio, el viaje fue plácido y fructífero para esta pequeña «armée», pues en el trayecto llegaron incluso a capturar el navío de un conocido corsario inglés.

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James Saumarez Sin embargo, la alegría de Linois pronto se diluyó en el mar cuando supo que los ingleses se habían enterado de sus planes y habían armado una flota para interceptar en Cádiz a los cuatro buques galos. La situación se puso difícil para unos franceses que, ante la imposibilidad de dirigirse hacia el Atlántico debido al mal tiempo, decidieron fondear y plantar batalla a la «Royal Navy» en la pequeña Bahía de Algeciras.

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Hacia Algeciras En este lugar los franceses esperaban poder resistir los envites de los infames ingleses con ayuda de varias piezas de artillería que los españoles tenían situadas en las inmediaciones, además de una docena de lanchas cañoneras (navíos pequeños y veloces de un único cañón). «Eran embarcaciones a remo y a vela, parcialmente blindadas, con un cañón en la crujía, que apuntaba hacia proa», desvela Enrique de Sendagorta en « Marinos de guerra vascos en el siglo XVIII »

Los ingleses –al mando de James Saumarez – no tardaron en iniciar la marcha hasta Algeciras en cuanto conocieron los planes galos. De hecho, los defensores pudieron ver a las pocas horas como una imponente flota de 6 navíos (uno de 80 cañones y el resto de 74) y una fragata hacían su entrada en la bahía con la artillería preparada. Acababa de iniciarse el combate

Batalla naval de Algeciras Con casi 400 cañones, por los apenas 300 de la alianza franco-española, los ingleses sabían que contaban con una gran ventaja. Sin embargo, la armada combinada se aprestó a la defensa poniéndose en manos de las baterías costeras, las cuales estaban formadas por unos cañones temibles que, para su desgracia, la pérfida Albión infravaloró

El conocido historiador Cesáreo Fernández Duro enumera así las defensas españolas en su obra magna « Historia de la armada española desde la unión de los reinos de Castilla y de Aragón »: «Eran siete piezas de a 24, al Sur, y la batería de Santiago, armada con cinco cañones de a 18, al Norte».

Frente a frente «En la mañana del día 6 (de julio) aparecieron las velas inglesas por Punta Carnero , extremo suroeste de la bahía. (…) La flota enemiga entró confiada en su aplastante superioridad pretendiendo (…) remontar la línea franco-española en toda su longitud, por el lado de la costa, en tanto que los restantes atacaban por el lado de mar abierto», añade Vidal en su obra.

Concretamente, Saumarez buscaba atravesar la línea francesa con la mitad de sus navíos para atrapar a los galos entre dos fuegos. Una idea similar a la que Horatio Nelson había llevado a cabo en la batalla de Aboukir (acaecida entre el 1 y el de agosto de 1798). No obstante, parece el pomposo Sir inglés no contó con la efectividad de los cañones hispanos

Charles Linois Por su parte, Linois decidió no arriesgar haciendo uso de extravagantes estrategias y apostó por la clásica inmovilidad defensiva francesa. Esa lacra que nos acabó costando, a la postre, la honra en Trafalgar poco después. Para ello, desplegó sus buques en línea y con las velas recogidas. A su vez, e intuyendo la maniobra inglesa, ordenó anclar sus navíos lo más cerca posible de la costa para aprovechar al máximo el fuego de las baterías españolas e impedir que Saumarez le envolviera

Así lo corrobora Duro en su obra magna: «Llevaban anclotes preparados en las popas, indicación del propósito de acoderarse también y de imitar la maniobra de Nelson en Abukir , doblando la línea francesa y poniéndola entre dos fuegos, lo cual trató de evitar a toda costa Linois picando las amarras y dejando a sus tres navíos arrimarse a la playa hasta tocar con las quillas en el fondo»

Comienza la batalla Tras media hora, los ingleses abrieron fuego. Así, aproximadamente a las 8:35 de la mañana, la armada británica inició sobre los buques galos un fuego ensordecedor que, sin duda, provocó que se encogiera el corazón de los defensores

Al poco, Saumarez comprendió que no debía haber subestimado los baterías de los defensores. Y es que, tras poco más de una hora de contienda, el fuego hispano que se escupía desde tierra había provocado un daño irreparable en los altivos barcos ingleses. El primer buque que sufrió las consecuencias del error garrafal del oficial fue el « Pompee ». Un bajel que, a base de bola de cañón española, quedó inmovilizado y tuvo que ser remolcado

La humillación del «Hannibal» Tampoco le fueron bien las cosas a otro de los navíos ingleses, el « Hannibal ». Este, tras haber sido cañoneado por los españoles, encalló mientras intentaba rodear a los franceses. Con el buque detenido, los artilleros hispanos no pudieron más que esbozar una sonrisa mientras apuntaban cuidadosamente su artillería hacia esta improvisada diana

Ni siquiera los hombres enviados por Saumarez en su ayuda pudieron salvar al buque de su aciago destino. «Poco antes de la una de la tarde, el capitán Ferris del ” Hannibal ” ordenó arriar el pabellón, rindiéndose e incluyendo en la misma a las tripulaciones de los botes que le había enviado su almirante para desencallarlo», completa el militar español

«Poco antes de la una de la tarde, el capitán Ferris del “Hannibal” ordenó arriar el pabellón» Sobre la una de la tarde, tras casi cinco horas de combate, el panorama era dantesco para los ingleses, pues ninguno de sus buques había logrado romper la línea francesa y los daños eran innumerables. A su vez, y por entonces, los defensores habían impedido a los ingleses desembarcar la infantería con la que ansiaban asaltar las posiciones españolas de la costa.

Retirada Así, con la sangre tiñendo la madera de los navíos de la pérfida Albión y los cañones transformando en astillas la, hasta entonces, indomable flota británica, Saumarez tocó a retirada

«La batalla estaba perdida para los británicos. Saumarez pensó que era probable que hundiera a todos los buques franceses, pero le era imposible destruir a las baterías de costa españolas, que, incansables, lanzaban sus bolas de muerte sobre sus barcos. (…) (Finalmente) Saumarez dio la batalla por perdida y ordenó la retirada hacia Gibraltar», sentencia el autor

Primera batalla de Algeciras Los ingleses no salieron bien parados, eso es una realidad, pero nuestros aliados galos tampoco. «Por lo que dicen sus propias relaciones, el " Caesar ", navío de la insignia de Saumarez, recibió en el palo mayor cinco balazos y uno o más en los otros palos y vergas», desvela Duro. El autor, a su vez, añade que los franceses tuvieron que lamentar 200 muertos y tres heridos, mientras que los ingleses 135 fallecidos y 240 bajas.

La indiscutible vencedora de esta contienda fue nuestra España, nación que tuvo que lamentar la pérdida de cinco de las siete cañoneras (las numeradas como 2, 4, 8, 12 y 13, atendiendo al texto de Duro) y la muerte de seis valientes combatientes (entre ellos, el alférez de navío Jerónimo Lobatón ). «También padeció la población de Algeciras, a la que dirigieron sus tiros los bajeles ingleses en el momento en los momentos en los que no lo hacían los enemigos», añade el autor

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