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La autocensura y la alimentación

El hecho de comprar libremente los alimentos que decidamos comprar, porque tenemos el ingreso suficiente para comprar lo que necesitamos, porque está disponible, de acuerdo a nuestras tradiciones culturales, a nuestro conocimiento nutricional y de acuerdo a nuestro paladar, es un derecho humano fundamental Crecí en una Venezuela donde ir al mercado era posible, no había necesidad de acumular o de acaparar comida. Hubo quien acaparó y guardó, por razones que no vienen al caso; hoy acumulamos porque no sabemos si mañana encontraremos. En aquellos tiempos, mi abuela margariteña hablaba del diario, ella iba y compraba con un dinero que cotidianamente destinaba para las compras, ella se dirigía al mercado libre en Porlamar y compraba a diario algunas cosas, por su frescura, el pescado por ejemplo, se compraba recién sacado del mar, se cocinaba, se servía, se comía en el almuerzo.

El día que se llenaba “el cuarto de agua”, es decir, había más gente de la usual para comer, se compraba más, sin otra restricción que el dinero familiar disponible.

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Eran los tiempos del “donde comen dos comen tres” y del “échale agua a la sopa” que voy con amigos. En días pasados mis hijos trajeron amigos a la casa y me preocupé. Había ido a los automercados a comprar carne, y luego de un gran recorrido, el resultado era triste: colas y más colas, neveras semivacías o vacías, y lo poco que logré comprar se sentía diminuto.

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Venezuela es otra: donde comen dos, ya no comen tres.

El hecho de comprar libremente los alimentos que decidamos comprar, porque tenemos el ingreso suficiente para comprar lo que necesitamos, porque está disponible, de acuerdo a nuestras tradiciones culturales, a nuestro conocimiento nutricional y de acuerdo a nuestro paladar, es un derecho humano fundamental.

En teoría deberíamos tener acceso a los alimentos nutricionalmente adecuados que nos permitan una vida activa y productiva.

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Es el deber ser, es parte de lo que se conoce como seguridad alimentaria y nutricional. Es eso que era tan natural, que mi abuela nunca pensó que comprar dos o tres paquetes de harina de maíz podía ser un problema, nunca pensó en no conseguirlas en una bodega de Pampatar, nunca pensó en que le dijeran usted solo puede comprar un paquete.

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Ella iba al mercado y compraba lo que quería y lo que era necesario para alimentar a la familia, así de sencillo.

Pero resulta que hoy no es así tan simple, puedes tener el dinero para comprar alimentos, pero no los consigues, o solo puedes comprar dos paquetes.

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Señora: solo puede llevar DOS, dicen los jóvenes cajeros de los automercados, asustados de que alguien proteste.

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O consigues una caja o bulto de algo y te lo van a vender, y de repente entra el arranque de mala consciencia y uno dice: ¿cómo me llevo esta caja de leche, y si llega una mamá de niños más pequeños, de esas que si necesitan leche? Mis hijos son grandes, me llevo solo un pote, dejo la caja, la mala consciencia no me deja llevarla.

Y también aparecen los vivos, esos que mandan a hacer la cola desde temprano, les pagan para que les hagan la cola y llegan ellos de primero y se compran todo lo que hay, el que llega un poquito más tarde ya no compró nada, todo se lo llevaron los primeros, y es que hay que estar de primeros, porque en tiempo de escasez las cantidades son limitadas y racionadas.

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Y comienza el autoracionamiento, por consciencia unos, por sobrevivencia otros, por evitar males mayores algunos más.

Cual autocensura en la libertad de comer, tal como si la obra fuese el acto de comer, de comer lo que queremos y cuanto queremos, nos restringimos en el intento de que alcance para todos, de que alcance para la familia, para alimentar a los hijos, para que nos alcance el dinero.

Otras veces sucumbes a la tentación del bulto de comida, estás cansado de recorrer y dices ¡ya al diablo y si lo puedo pagar, ya que más! No más colas por harina, por unas cuantas semanas tan siquiera.

En días pasados, en una visita a una comunidad desprotegida del oeste de Caracas, un letrero colgado a la entrada de una pequeña carnicería me “estrujó” el alma: “Se vende 1 kilo de carne por persona, a madre con niño desnutrido 2 kilos”.

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Me pregunto si el carnicero tiene su propia técnica para saber cuándo la madre lleva a un niño desnutrido en sus brazos, no puede llevar una curva de crecimiento del niño, pero puede ver el dolor en los ojos de la madre y del niño.

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También me pregunto si la madre del niño desnutrido puede pagar dos kilos de carne.

Creo que hoy las personas saben que un kilo de carne a duras penas da para ocho bistecs o para 4 hamburguesas resueltas si es carne molida, me pregunto si tienen pan para prepararlas, si logran aceptar que la realidad es que no alcanza para más de un día de comer bien dentro de una familia de papá, mamá y tres hijos.

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Y comienza el tránsito hacia cortar los trozos de carne a la mitad para rendirlos, es la censura y la limitación que impone el dueño del pequeño local en un barrio pobre caraqueño, porque no quiere problemas y quiere que la poca mercancía que tiene alcance al menos para un kilo por persona.

Es la censura a la obra de teatro: Alimentación en tres actos: compra, preparación y mesa.

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Ese es un intento de que alcance para todos, esa es una distribución al menos un poco más justa, generada desde las entrañas de la comunidad.

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No voy a hablar hoy de otros intentos de distribución de alimentos, hoy no, los dos kilos de carne para la madre con niño desnutrido llegan al corazón, al estómago y al bolsillo.

Es que mi abuela margariteña daba “por sentado” ¡y bien que lo merecía! que ella tenía derecho a comprar en un mercado bien surtido lo que sus posibilidades le permitían, que elegía entre una marca de aceite o la otra, entre un queso de “bola” rojo o amarillo, ella que te decía “voy y vengo espérenme un minuto que salgo al mercado y ya regreso”, ella que venía siempre con una sonrisa a preparar los suculentos desayunos para la familia, ella que no hizo colas para comprar, que no le vendieron DOS paquetes de harina, que no tuvo un hijo desnutrido, que no compró un kilo de carne por persona, que no dejó de comer para alimentar a otros, ella que vivió en una Venezuela llena de problemas que había que superar, ella que ayudaba a las madres margariteñas con ropa y juguetes en diciembre y sin embargo ella supo lo que era el derecho a la alimentación en Venezuela.

A la memoria de  Gladys Espinal de Herrera, mi abuela margariteña, la de los sabores que guardo atesorados en mi paladar, la de las piñatas, la que me enseñó a donar todo lo que no se necesita.

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