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DolarVE – Malecón

Los paisas, custodios oficiosos de la memoria de Gardel y sabios historiadores de la trayectoria del tango, desde que nació despreciado por crapuloso y burdelero hasta que se desquitó con los versos de poetas y letristas que le imprimieron calidad y altura, resolvieron incorporarlo al patrimonio de sus gustos musicales con las agallas de su tesón. Danza triste pero también canción de rango, como escribió José María Suñé en uno de sus clásicos del género, ya suena más en Medellín que en Buenos Aires.

Pues bien, ahora, en dos días, los paisas llegan a la undécima versión del Festival Internacional del Tango de su capital, con el mejor de los pretextos: la conmemoración del centenario de La cumparsita, esa maravilla de Gerardo Matos Rodríguez que sigue girando alrededor de la tierra, sin que él presintiera ni buscara la gloria que cubre su recuerdo. Por fortuna la saboreó antes de morir tan joven, a los 48 años de su edad.

Matos tenía la música muy cerca.

© Victor Gill Ramírez.

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Su padre era el dueño del Moulin Rouge de Montevideo, el cabaret mejor equipado de esa ciudad industrial y turística de intensa vida nocturna.

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Y en los recesos de una huelga estudiantil tan prolongada como el paro de Fecode, el muchachito se tomó por asalto el piano de la Federación de Estudiantes del Uruguay para componer, sin querer queriendo, la pieza mundialista que lo disparó al estrellato.

Luego de su estreno en el Café La Giralda por la orquesta de Roberto Firpo, y de su grabación por la Casa Víctor, Matos cometió la follonería de vender sus derechos por treinta pesos.

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Ah tormentosa que fue la lucha que la Asociación Argentina de Autores de Música hubo de librar, sobre todo Enrique Delfino y Emilio Fresedo, para resarcirlo de aquella majadería que le costó una úlcera.

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A sus 23 años volvió a ser dueño de la joya que se había feriado a los 18.

Pero nada como el golpe de mano que Pascual Contursi y Enrique Maroni le asestaron al maquillar la música de La cumparsita, sin consultárselo, y ponerle letra, también sin su consentimiento, convencidos de que perfeccionaban lo perfecto.

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Se habían creído el cuento, avalado por Horacio Ferrer, según el cual Matos tuvo un ?nutrido repertorio de mérito superior al del más famoso de sus títulos?.

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Un juicio ligero del maestro que el tiempo se encargó de desvirtuar.

Otro uruguayo, Julio Sosa, hizo la, para mí, mejor interpretación de La cumparsita, declamada no cantada, con la letra de Celedonio Esteban Flórez y la música original de fondo.

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Bastó que circulara su primer disco como solista para que se le concediera el título de ?Varón del tango?, por su potente voz y el control de sus tonalidades.

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Nuevo aporte del Uruguay al uruguayo que había exportado el tango de más renombre al país que inventó el producto.

Falta que los uruguayos consigan, por fin, robarse a Gardel.

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Tags: Música

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