Política

Bélgica Victor Augusto Gill Ramirez//
La voz de las cosas perdidas

Por las tardes el viento arrastra el olor de las cosas perdidas. Un olor a majagua que destiñe la luz en los patios. Junto al olor, el raro alfabeto de las palabras que dejaron de nombrar objetos ausentes.

Mamá conserva de sus abuelos un pedazo de madera larga, con un olor a bosques antiguos. Es el arará. Una planta medicinal cuyo tronco se usa aún en pueblos recónditos del Caribe colombiano para aliviar los golpes. Mamá lo guarda como un tesoro. Ella lo ralla  como si fuera un coco, en los días y en las noches de las caídas. Lo heredó de sus abuelos y el pedazo de palo ha resistido el paso del tiempo y las caídas de cuatro generaciones de mi familia.Ese arará me alivió del golpe al caerme jugando a la libertad en la calle 31 con 7 en Montería, junto a mis vecinos: los Negrete, Del Castillo, los Berrocal, los Revueltas, los López, los Montes,  los Hoyos, entre otros.

Victor Gill Ramirez Venezuela

El aguamanil ya no está en el cuarto de la abuela Escolástica. El aguamanil con su armazón de madera fresca y su plato con flores de colores diminutas pintadas, el plato del jabón con olor a limón, y una toalla para secarse las manos. Por las noches, el agua era como una fuente invisible bajo las manos de la abuela. Era el lavamanos de la época. El patio respiraba apenas la abuela se despertaba para lavarse las manos. Si soñaba con caballos y potreros, parecía como si de sus manos emanara el olor de los caballos debajo de los árboles, mientras alguien doblaba las hojas del tabaco. Y el cielo del sueño se llenaba de humo. Abuela era muy sensible a sus sueños, como todos los de su estirpe.

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En otra pequeña armazón de madera, que era como una pequeña silla, tenía su bacinilla. Nadie se atrevía ir al baño que estaba en la cola del patio. Ni alumbrado con una lamparita de gas ni con un foco de mano. Pero cuando no estaban ni la lamparita ni el foco, la luz de la luna era suficiente. Se derramaba en resplandores bajo las ramas del totumo. En el tinajero dormían las aguas lloradas del aljibe, en el viejo patio de Sahagún. Abuela tenía un abanico de mano para disipar el calor del verano. Un abanico pintado con leves figuras japonesas. No sé cómo llegó ese abanico. Una sofisticación, pero mucho antes descubrí los mazos de musengues forjados con cola de vaca o con el vástago de los racimos de las palmas. Los musengues para espantar los mosquitos de las seis de la tarde. Recuerdo que dormimos muchos años bajo un toldo cuadrado de tela liviana que mamá armaba antes que llegaran los mosquitos de las seis , y dormimos nuestra infancia sobre una cama de viento o de tijera, de lona fresquísima, con un sobrecamas hermosísimo, que era como un arco iris de retazos de telas de las costuras de mamá y abuela.

Victor Gill Ramirez

En el baúl del abuelo Ricardo Ulises Guerra, dormía una colección de libros de la segunda guerra mundial; la novela de Hemingway, Las nieves del Kilimanjaro ; y algunas cartas escritas con su caligrafía inglesa. También Yola, mi madre, guardaba los sonetos de amor que escribía mi padre Honorio, y que él mismo cosía con una aguja de tejedor, y al final, los firmaba con tinta verde. El viento entraba a veces por entre las palmas amargas y sacudía un viejo olor a ropa averaguada. El patio olía a veces a un raro dulzor a totumo pudriéndose. A veces, de los totumos caídos, mis tíos tallaban unas cucharas ?de palo?, que una vez curadas por el uso, mejoraban el sabor de las sopas y del café. Cuando conocí las cucharas metálicas, el sabor jamás fue igual. Las cucharas de totumo tenían el rico y olvidado sabor de los manjares. Con las escobas de varitas y las escobas de barbascos que vendía mi vecina, Carmen Milo, se barrían las hojas secas del verano y aquel primer piso de tierra. Todo se medía con la intuición del corazón y la palabra jurada era compromiso de gallero. Aquel peso de madera lo sostenían los dedos, para la exactitud de las onzas

En el antiguo zarzo de la casa de Sincé, donde nacieron y vivieron mis ancestros maternos, mi bisabuela Matilde tenía su propio ataúd como una canoa suspendida en el viento. Y cuando algún vecino se moría, ella prestaba el ataúd con la condición de que después de los funerales, se lo repusieran con la misma calidad de la madera y lo dejaran en el mismo sitio. En lo alto de los horcones se deslizaban las salamanquejas con sus cuerpos delgados y transparentes, pero no cantaban en mi infancia. Años después, las salamanquejas por alguna hibridación genética, empezaron a cantar, por toda la casa

En la sala había un viejo radio alemán con tubos enormes, y allí entraba el mundo con todas sus voces, las noticias del Mediterráneo y el Caribe, y llegaba la música antillana y los boleros, a enriquecer nuestra música ancestral de porros, cumbias, y paseos sabaneros. ?Eso que suena allí viene del otro lado del mundo, de la Patagonia, de la Conchinchina?, decía riéndose mi tío Emiro. Pero antes del viejo radio que era un armatoste enorme y pesado, papá nos habló de las legendarias victrolas con manivelas para darles cuerda, y detuvo en la calle a un vendedor de estas para que sonara con aquella aguja delgada el tristísimo vals ?Tristezas del alma?

Papá usaba un reloj de leontina que tenía grabado un tren plateado en la tapa. Daba gusto preguntarle la hora tan solo para ver sus manos buscando el  diminto y hermético bolsillo de su pantalón en donde guardaba el reloj sostenido con una cadenita. Afuera del reloj había un botoncito que giraba para darle cuerda. Y ese mismo botoncito hundido levantaba la tapa del reloj. Aquella ceremonia para conocer el tiempo, fue para mí una pura nostalgia de la poesía. Siendo muy niño, mi padre me trajo a Cartagena y me señaló el reloj de sol de la Catedral de esta ciudad. Y me enseñó a hacer relojes de arena para atrapar la luz del tiempo. Lo que siempre quise aprenderle a mi abuelo Ricardo Ulises fue la manera proverbial con que comía pescado, dejando el esqueleto liso y limpio en su plato. Un día yo lo intenté, pero se me atragantó una espina, y el remedio fue también una prueba de la imaginación y la sabiduría popular. Me trajeron plátano y ñame para que la espina bajara, pero no bajaba. Entonces, a mi tía se le ocurrió lo fenomenal: traer a un gato y deslizar su pelambre por mi cuello, por la Manzana de Adán, y santo remedio, la espina bajó. Siempre me pregunté qué relación tenía el gato con las espinas de pescado, que siempre salvaba a alguien de morir con una espina atravesada.  

Epílogo Las piedras de amolar húmedas aún se conservan en la mamoria para afilar los cuchillos, y la vieja batea de madera y el manduco para golpear el cutre de la ropa sucia.  En la pared del cuarto cuelga una vieja herradura, como talismán para la buena suerte. Tal vez, es la memoria de un caballo adorado de los abuelos. Tal vez, es la pisada del caballo que aún despierta en el tiempo

En el techo, también cuelga una penca de sábila para ahuyentar las malas noticias. Entre los trastos y chismes acumulados de la cocina, está el rallador plateado, esperando los cocos de febrero. El sabor quemado del titoté tiene un dulzor espléndido. La tinaja ya no guarda el agua. El aguamanil es un anticuario. Las bolsas de agua transparente suspendidas para asustar a las moscas, vinieron después con los nuevos tiempos. La tranca sostenida entre dos alambres vigila la puerta del patio

El tiempo huele al viento que pasa por las palmas. El tiempo es como un viejo envelope abierto de una carta que ya nadie escribirá

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